Testimonio: El día de mi boda

El día de vuestra boda es único y especial para cada quién a su manera. Hoy en nuestro magazine os traemos el testimonio de Ainara, una de nuestras clientas; que cuenta cómo fue la mañana previa a su ceremonia, los nervios, el ajetreo, la ilusión y finalmente la alegría de todos esos momentos:

“Lo primero que pensé es “Hoy es el día. ¡Es el día de tu boda!”. Abrí los ojos. No sentía como si hubiese descansado mucho, y estaba nerviosa. Por un momento sopesé el quedarme en la cama, envolverme en el edredón y olvidarme del mundo. Pero luego, mientras despertaba poco a poco pensé en toda la gente querida con la que iba a festejar hoy. En sus caras de felicidad al verme en el altar. Luego, visualicé mi vestido y cómo iba a estar más guapa que en toda mi vida. La niña que llevo en mi interior cumple por fin su sueño de vestirse de princesa. Pensar en todo, en el banquete, los detalles… me dio algo de vértigo, pero luego reparé en lo delicioso que iba a estar todo, lo genial que se vería el jardín y en el primer baile con mi novio, y sentí ganas de llorar de alegría.

Me pasé la mañana en una nube confusa de bizcochos caseros (no tenía apetito, pero mi abuela no iba a dejar que me librase tan fácilmente), primas, amigas, madre, abuela, suegra y demás mujeres importantes en mi vida. Me hicieron café, pero luego una tila. Me dieron una copita de champán adelantada. Estábamos hechas todas un lío, radiantes de emoción. Perdieron los nervios sin querer delante de mí, llorando de felicidad y de emoción “no puedo creer que seas ya tan mayor”, repetía mi abuela, emocionada. Las horas se solapaban una con otra de manera confusa, lenta pero rápidamente al tiempo.

Detalles de un diseño de nuestro atelier https://lauramalingraux.com/

Quizás es superstición, pero no quise ver al novio. Eso sí, a ambos nos relajó llamarnos y escribirnos durante toda la mañana. <Tranquilízate, ¡todo saldrá genial!>, le dije. Él estaba frenético. De pronto, no le gustaba su corbata. Escruté el cielo nerviosa,  y cuando a mediodía empezó a chispear, me habría mordido las uñas si no hubiese ido ayer a que me hiciesen una manicura preciosa.

El día pasó como un suspiro, y de pronto estaba ahí el equipo, listo para arreglarme. Me había dado un baño de espuma, había respirado hondo y pensado ¡todo va a salir bien! Luego había empezado a hacer más espuma y casi reír a carcajadas de pura felicidad.

Mis tías, mi abuela, mi suegra y mi madre empezaron a rememorar sus propias bodas, las de sus amigas. Anécdotas para recordar por generaciones enteras, y cada vez me daban más ganas de que llegase mi propio momento especial.

Estábamos en la casa de mi abuela, una preciosa finca rural donde habíamos pasado numerosos momentos especiales todos juntos, generaciones enteras. ¡Y este sería uno de ellos! Estaba todo irreconocible, lleno de flores y una decoración exquisita. Las demás, taconeaban nerviosas por la casa, a medio vestir, a medio maquillar. Mi mejor amiga tuvo que maquillarse dos veces, porque se emocionó cuando me vio con el vestido.

Al fin estaba lista. No estaba irreconocible, la imagen del espejo me devolvía mi cara natural, fresca. Con toques sutiles de maquillaje para realzar algunas virtudes y ocultar pequeños defectos. El pelo, suelto, con un elaborado recogido de trenzas y rizos en la coronilla. Y finalmente (suspiros en la sala) me ayudaron a ponerme el vestido.

EL vestido. Encajaba como un guante, no sólo con mi cuerpo. Era exactamente lo que siempre había imaginado, se adecuaba a mis gustos, a lo que me favorecía de una manera delicada y elegante. Siempre que veía diseños por ahí, pensaba sí, este sería el mío. Si le quito un poco de… Si le añado… Pero entonces, me planteé hacer mi vestido soñado a medida, y así es como encontré vuestro atelier. ¡Y no podría estar más contenta! Para los detalles, utilizamos parte de la tela del viejo vestido de mi madre, que antes había sido de mi abuela. Eso lo hacía más especial aún.

Me faltaba algo, y mi abuela se encargó de colocármelo. Era un antiguo broche que había pertenecido a la familia por generaciones. Encajaba a la perfección con mi peinado, realzándolo. A todas se les llenaron los ojos de lágrimas, y por fin, estaba lista.

Mi padre vino a por mí, y sonrió encantado. Intercambió una mirada  con mi madre, del tipo “Qué rápido crecen”. Le conozco lo bastante como para saber que si estaba tan callado, ¡es porque él también estaba emocionado.

Hay momentos en la vida que son únicos, que no sólo tú recordarás para siempre, sino todos tus seres queridos; que los viven junto a ti. Anécdotas, risas, emoción. En un día inolvidable del que siempre tendréis mucho que contar. Una boda es uno de esos momentos.

El cielo había clareado, y caminé hacia el altar en una luz de atardecer rosado y deslumbrante que se colaba por las vidrieras, lo que hizo el momento más mágico aún. Cientos de pequeñas luces iluminaban la escena y junto con los arreglos florales, parecía un sueño.

Entonces, me vio él. Los pocos nervios que revoloteaban aún en la boca de mi estómago y me atenazaban la garganta se disiparon de golpe. Me sonrió. Me sentía guapísima así peinada y vestida, pero no como disfrazada. Estaba cómoda, era yo misma.  El vestido se amoldaba a mí como un guante y casi floté en él para llegar al final del altar.

La ceremonia y la fiesta que siguieron después fueron muy especiales, pero tampoco olvidé todos aquellos momentos caóticos acontecidos durante el día con mi familia y amigos, mientras me preparaba para el momento especial. A decir verdad, ¡para mí fueron casi de los mejores!” Ainara.

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